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    Desde que somos pequeños, la relación más larga y complicada que se nos presenta, a veces, es el tema de la alimentación.

    Suena raro que hable de esto cuando en muchos países no tienen nada que llevarse a la boca, o lo que tienen no es lo mejor. Incluso me siento egoísta hablando de esto, pero es algo que nos atañe aquí y ahora, por triste que sea, a muchos de nosotros.

    La introducción de alimentos cuando somos pequeños suele ser un camino espinoso para muchos de nuestros padres. Nuevas texturas, sabores, colores, que a veces causan rechazo.

    Los hábitos que cogemos pueden marcar nuestra relación con la comida el día de mañana. Cambiar unos malos hábitos a veces resulta mucho más complicado según cumplimos años y eso puede conllevar a distintas patologías cuando somos mayores.

    Según han pasado los años, han aparecido distintos juegos que a veces atraen más a los niños que el bajar al jardín a jugar a la pelota o jugar a los relevos con los amigos. Cambiamos esos juegos dinámicos por juegos del ordenador o de la consola, por lo que ya estamos acomodándonos al sedentarismo.

    Es cierto que los padres van con la lengua fuera, del trabajo a recoger al niño, hacer los recados y además ocuparse de la educación, y cuando llegan a casa, empezar a discutir por lo que está en la mesa. Lo sé, es complicado y, en muchos casos, una lucha constante y un dolor de cabeza al escuchar: “esto no me gusta, yo quiero pasta, no me gustan las acelgas…”

    Si yo miro hacia atrás, recuerdo cuando mi madre nos mandaba al cole sin merienda, puesto que nos la traía a la salida. Pues bien, yo iba y cogía de alguien o me escapaba al Rayo a comprarme algo.

    Siempre he escuchado la frase:“ tu no comes tanto para estar así”. Es cierto, si sumamos lo que podía comer y comparar a mí alrededor, era cierto, no comía tanto. En casa siempre se ha comido variado, bastante verdura, que aunque no me gustase, tenía que acabarme. ¿Dónde estaba entonces el problema? ¿Todas las roturas que he tenido que me dejaban sin hacer ejercicio? ¿ El desorden de levantarme sin ganas de desayunar, picar a media mañana, comer siempre de régimen pero después picar algo “prohibido”? ¿Mi adicción a la coca cola? Pues sí, un cúmulo de todo. No aspiro a tener el cuerpo diez, primero por mi constitución, si hablamos con mi madre es por mi familia paterna, si hablamos con mi padre, es por la materna… pero si aspiro a encontrarme mejor, tener una vida sana, mejorar. Y esa es mi lucha diaria, desde que me volvieron a decir: “ mejor que no hagas mucho ejercicio hasta que te baje un poco la frecuencia de la migraña”, se despertó mi yo rebelde y decidí que era hora de empezar a mover el culete. Empecé a ir al gimnasio a algo más que mi clase favorita de latino.  Me creé una rutina con la que me siento mucho mejor, me obligo a tener mucho más cuidado en mi orden en las comidas, da igual que me duela un poco la cabeza o haya salido el día anterior, que mi cita obligada al gimnasio no me la perdono.

    No tenemos que luchar por tener un cuerpo 10, unas medidas perfectas y poder entrar en la talla más pequeña de Zara. Tenemos que perseguir el tener unos buenos hábitos de alimentación y ejercicio, una vida lo más sana posible y tratar de encontrar nuestro hueco y estar a gusto dentro de nuestra imperfección. Luchar por un cuerpo que nos guste teniendo en cuenta nuestras limitaciones sin que eso nos haga caer en el tópico de: “lo mío es todo por constitución”. No nos equivoquemos, siempre podemos mejorar y por eso nos toca cada día avanzar en esa perfección dentro de nuestra imperfección.

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