Volvemos a los años 90 y con ellos resurge el culto a la extrema delgadez sin tener en cuenta el bienestar integral, ¿a qué precio?
Entre la obsesión por las «nuevas inyecciones» para adelgazar y la prisa por resultados rápidos, olvidamos algo muy importante: el hambre emocional. No se trata sólo de la báscula o de «cerrar el pico», sino de entender por qué muchas veces comemos para calmar vacíos emocionales, ansiedades o presiones sociales que nacen del ideal de belleza que nos imponen. Si seguimos buscando atajos sin cambiar hábitos ni atender a nuestras emociones, el círculo vicioso se repite, y con él nuestra frustración y malestar.


